Sobre Sobres*

Por Vanessa Henriques

Laura había trabajado todo el día. Caminaba por la calle sin importarse con la llovizna que caía muy lenta, como un velo translúcido sobre el paisaje de la ciudad. El cansancio la dominaba, por eso seguía en el ritmo de la lluvia, sin prisa de llegar a ninguna parte.

Llegó, una cierta hora, a su casa. Cogió las llaves en su bolso y abrió la puerta con una fuerza débil, sólo el suficiente para aquella puerta que conocía tan bien. Pero no fue lo bastante, una vez que una gran cantidad de cartas y folletos se acumulaba en el pasillo. “A ver que tenemos acá” pensó, casi diciendo.

Había unos folletos de restaurantes y de clases de inglés, que Laura tiró a la basura de pronto. Unos postales de su hermano y unas revistas de su mamá completaban la colección, además de una carta sin remitente. Miró con curiosidad el sobre, que llevaba un montón de timbres y sellos. “Ha viajado mucho el pobre. Más que yo, probablemente”.

Subía las escaleras sin atención, analizando la carta desde todos sus ángulos. No tenía remitente y la dirección estaba correcta, pero el nombre no era suyo ni de nadie de quien se acordaba en aquel momento: Clarisa. Sólo en su casa vivían tres personas, y había un montón de vecinos… “que lio será encontrar esa Clarisa” dice, casi pensando.

Preguntó a su mamá si conocía a alguna chica con ese nombre, pero la madre no se acordó de nadie. Había en el barrio Melisas, Claras, Raísa y incluso Clarita, pero ninguna Clarisa. Por días Laura caminó buscando a una persona que parecía no existir. A veces le daba rabia toda esa situación, e imaginaba a Clarisa riéndose de su esfuerzo de encontrarla.

En las semanas siguientes, la cosa se complicó: nuevas cartas llegaron y, como la primera, venían siempre de lejos. Los timbres las denunciaban: Chile, Ecuador, Portugal, Francia. Todas sin remitente, con la misma caligrafía, su dirección y… Clarisa. Fue al correo, pero no podrían hacer nada sin el nombre de la persona que enviaba las cartas.

Se puso a pensar en esta persona. ¿Quién sería el loco que envía cartas a alguien que no le contesta? ¿Por qué viajaba tanto? Tal vez un tipo que huyó de su casa y de su vida monótona para conocer el mundo. O una viejecita que no tiene amigos y pasa los días escribiendo a toda la gente. Una pareja buscando una novia que ya se olvidó de él – incluso le dio una dirección cualquiera, sin importarse con las consecuencias de tal acto.

La verdad es que tampoco importa mucho constatar ahora la exactitud de todas esas evocaciones, puesto que Laura ya las había superado cuando llegó a su casa. No quería más adivinar quien era Clarisa, el remitente o la dirección, quería saber. Entonces cogió de golpe las cartas que se acumulaban sobre la mesa y se enclaustró en su habitación. Pensó, y luego lo dice en voz alta: “ahora lo sabré”.

Agarró la primera de las cartas y rompió el sobre con cuidado, aunque su sangre hervía, con ganas de romperlo de cualquier manera. Dentro había una foto de un paisaje espectacular, tras la cual se leía Laguna de Cuicocha – Ecuador. Laura pensó, por un instante, cuando había visto un sitio tan bonito con sus propios ojos, pero no logró acordarse de ninguna vez.

El segundo sobre lo rompió más relajada, ya que no había ningún papel en el primero y, mismo sin saber porque, sentía así que no había violado de forma tan brutal la intimidad de la pobre Clarisa. “Como Clarisa no existe, da igual”, pensó rápidamente. En un pequeño trozo de papel se leía “sin brazos y sin piernas mi cuerpo parecerá un cohete y vosotros seréis las estrellas”. Iba entre comillas, lo que llevó Laura a pensar que se trataba de una poesía.

En cada una de las correspondencias encontró un fragmento de un mosaico que no tomaba forma: fotos, flores, canciones, poemas, hojas, semillas, revistas, paquetes, dulces, etc. El remitente quería mucho a Clarisa, era indudable. Y la conocía muy bien – o, por lo menos, compartían gustos y recuerdos.

Laura vio a su cama repleta de cosas que no le pertenecían, recordaciones de una vida que no era la suya. Se sintió sucia e indigna de tales rememoraciones. No pudo contener las lágrimas, que venían como un anuncio de su cuerpo: basta de pensar, obsesionarse, intentar comprender lo incomprensible. Siente. Aprecia. Vive.

Su cuerpo estaba, por fin, relajado, tirado sobre la cama junto a lo contenido de los sobres. Terminaba así una inquietud que la estaba dominando por completo. Afuera hacía frio y una llovizna envolvía a todos como unas sábanas sin color. Mañana haría sol.

*Este conto foi escrito para o Concurso de Contos do Instituto Cervantes, em comemoração ao Día E. A versão digital do livro com os dez melhores trabalhos encontra-se disponível em: http://eldiae.es/wp-content/uploads/2013/10/Cuentos_Dia_E.pdf

 

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